Las adaptaciones de libros a la gran pantalla son casi tan antiguas como el propio cine. “Viaje a la luna” (1902) de George Méliès, no es más que una adaptación de las obras de Julio Verne y H.G. Wells, así que hablar sobre la poca imaginación que hay en el entorno de Hollywood por la abundancia de cintas con títulos de novelas homónimas es, sin duda, un ejercicio nefasto de desconocimiento cinéfilo. Y, infiriendo respecto a la antigüedad, si nos remontamos a datos y a la ceremonia de la Academia, el 85% de las obras premiadas con el Oscar a la mejor película son adaptaciones de obras literarias.

Todos los fines de semana se estrenan en nuestras carteleras adaptaciones de todo tipo, desde best-sellers hasta libros poco populares. En el caso de la adaptación de un best-seller, las ventajas son más que evidentes, las productoras se ahorran un enorme gasto en publicidad y promoción de la película que, además atraerá a los cines a gran parte de sus lectores. Y claro, luego vienen las malas reacciones del público que no esperaba que la adaptación de “su libro”(a veces parece que haya cierto sentido de propiedad) fuese a dejarlos tan decepcionados, haciendo rebotar en sus cabezas preguntas y afirmaciones como ¿por qué el protagonista es así?, “se han dejado muchas cosas”. El problema radica en que nos encontramos ante dos modos de comunicar diferentes y esa es, en definitiva, la razón del uso de la palabra “adaptación”.

Al final, todas las adaptaciones están sometidas a ser piezas inferiores por parte del público. No es que una película adaptada no pueda ser nefasta, pero nunca será mejor ni peor que un libro. Así como su contrario, ningún libro podrá ser peor ni mejor que una película. Son dos lenguajes que se intenta adaptar a reglas, soportes y sistemas comunicativos diferentes.

Esta idea no puede triunfar en España. Somos un país con muy poca cultura audiovisual que no entiende que detrás de las películas hay un lenguaje, que un plano en el momento justo y sumado a otros planos pueden comunicar cosas completamente diferentes bajo contextos y tramas totalmente distintos. Es una lástima la cantidad de vapuleos que se llevan las cintas por el recuerdo o la presencia de un libro.

Alguien dijo una vez: “una imagen vale más que mil palabras”, no estoy de acuerdo, creo que una imagen puede comunicar mil palabras y que mil palabras pueden comunicar una imagen. Dejemos los adjetivos comparativos para los mercaderes del intelectualismo.


Francisco Carrasco Orrico

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3 comentarios:

  1. Totalmente de acuerdo, alguien tenía que decirlo.
    Son lenguajes diferentes. La diferencia más importante esté quizás en la cantidad de "yo" que pone cada uno a la obra. Un libro apela y necesita más de la imaginación. Es el lector quien lo completa, lo hace suyo. En una película es más complicado este proceso por incluir el mensaje más datos.

    No es ni bueno ni malo, es diferente. El cine ha hecho mucho para llevar grandes obras e historias a la gente. Historias que muchos no conocerían de no ser por las películas.
    El cine es un difusor de cultura enorme y necesario.

    Es una gran suerte poder contar con libro y película. Más opciones. El cine es cine y la literatura es literatura, no se puede pedir a cada uno más de lo que es y debemos valorar ambos.

    Enhorabuena.

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