¿Nunca os habéis preguntado por qué el cine de terror ya no funciona cómo lo hacía? ¿Por qué esa película de los 80 que tanto os habían recomendado no te produce ni el más mínimo escalofrío? La realidad es que hoy en día somos menos impresionables. Tenemos acceso a cualquier información en cualquier momento, hay más cultura y eso suele llevar a una falta de credulidad en todos los campos en los que interviene la misma. El público que va desde los años 20 a los 90, vio nacer todo tipo de géneros en la gran pantalla: los vampiros con Nosferatu (1922), asesinos de niños en M (1931), los zombis con La noche de los muertos vivientes, los fantasmas con Al final de la escalera (1980), Poltergeist (1982) y El Resplandor (1980), que a pesar de no ser las primeras, son sin duda las madres de este género en la actualidad, entre muchas otras.

Y es que el cine de terror ha cambiado. Un viaje detrás del triciclo de un niño a través del pasillo del Overlook Hotel no nos causará la misma impresión a nosotros que a una persona hace 30 años. Por suerte o por desgracia, nos hemos criado junto a todo tipo de imágenes e información. Hemos perdido esa inocencia que teníamos y somos más difíciles de aterrorizar. Hace ya mucho que dejamos el miedo "puro" de lado por considerarlo imposible y empezamos a recurrir al cine "de sustos". Porque sí, no puede dársele otro nombre, es una simple combinación entre música sostenida que sube el volumen súbitamente y un giro brusco de cámara/pantallazo que nos muestra una imagen cuanto más tétrica mejor. Bien es cierto que en ocasiones este cine nos regala alguna producción más que aceptable como en el caso de The Conjuring (2013), que intenta por todos los medios volver a la vieja escuela, no obstante aún recuerdo mis temblores en la cama cuando vi El exorcista (1973) por primera vez y he de decir que podéis intentarlo, pero con este modo tan sumamente vacío e impersonal de llevar a cabo cada "nuevo" largometrajes, jamás podréis superar a vuestras predecesoras.


El terror consiste en lo que crees que va a suceder más que en lo que sucede en realidad. En ver una simple pelota caer por las escaleras o una mecedora moviéndose sola (Al final de la escalera) y que se erice cada vello de tu cuerpo por el mero hecho de imaginar qué puede estar desencadenando esos acontecimientos. Por desgracia ya hemos perdido esa "inocencia". Somos la generación del morbo, nos gusta que se nos cree esa tensión y ver algo desagradable al final. Queremos que se nos asuste porque es nuestra única oportunidad de tener un holograma de lo que es el terror. La industria debería preocuparse por rescatar este género, porque sí, el público es más complicado, pero la solución es hacer mejor cine, no simplemente un cine más fácil. Romper con el género y hacernos reír a carcajadas como con The cabin in the woods (2012) o sentir que nos adentramos en un callejón sin salida como en Saw (2004). Adaptarse o morir, pero que adaptarse no signifique carecer de originalidad.

Manuel Azaña González

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