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"Heroes Reborn": El regreso que nadie necesitaba


Hace poco más de diez años fuimos testigos de una ola de adrenalina y adicción a las series de televisión con productos como Lost, Prison Break o Heroes. Un capítulo semanal que nos dejaba con los ojos abiertos y un tambaleo incontrolable cuando llegaba a su fin. Eso sí, es indiscutible que todas pasaron a sobrecargarse y perderse en sí mismas. Un estirar por estirar que se reflejó en los datos de audiencia. En el caso concreto de Heroes se produjo un insulto para todos los fans que seguían fieles, ya que el señor Tim Kring, sabiendo de su cancelación, decidió dejar todas las tramas abiertas y despedirse por todo lo bajo. Así pues, cuando en la Super Bowl de 2014 anunciaron el regreso en formato de mini-serie mis esperanzas volvieron a surgir, por no hablar del primer tráiler. Algo que duró hasta el estreno del primer episodio.

Personajes nuevos con cameos de los antiguos. Hasta ahí todo bien. El problema llega cuando ninguna de las incorporaciones tiene nada interesante que contar. La verdad es que la historia de la japonesa dentro del videojuego es bastante original, pero a parte de esta no hay nada más. Dos niños sin dotes interpretativas, un villano lejos (muy lejos) del nivel marcado por Sylar, una mujer amargada, un pringado dándoselas de malote y un Noah Bennet que nada tiene que ver con los misterios de sus inicios. De hecho ni siquiera los cameos están a la altura. Es decir, cuando recurren a la añoranza del tiempo pasado, en lugar de usarlo como un caramelo para los fans deciden destrozarlos por todos lados. Lo de Matt Parkman no tiene nombre.

Por otro lado la trama principal resulta realmente floja en cuanto a sus anteriores entregas, algo que desde la primera era complicado. No obstante con unos efectos especiales de pacotilla y un guion de patio de colegio se consigue a la perfección. No hay ningún punto de interés y en el momento en el que parece que va a coger fuerza queda en un triste gatillazo que no sirve para otra cosa que para engañar. Porque los giros de guion son tan efectivos como peligrosos y aquí pasan con creces la línea que hay entre genialidad y timo magnificado. 

Era una nueva oportunidad para traer una brisa de aire fresco a una serie que había terminado cargando, así como cerrar la historia que nos habían dejado en los labios. Pero ni una cosa ni la otra. Es un producto más que la NBC ha usado para rellenar parrilla. No había necesidad de contar este epílogo que no han tenido ni la decencia de concluir. El lado positivo es que es prácticamente imposible que nos vuelvan a engañar de nuevo. Aunque bueno, quién sabe qué se les pasa por la cabeza a los "genios" que dirigen la televisión generalista.


Borja Tamayo Martínez 
"Hannibal": This was your big design


Corría el año 1991 cuando el señor Anthony Hopkins improvisaba un castañeo de dientes y el público entumecía en las salas de cine. Pasaron 23 años y la NBC, sin saber a lo que se exponía, dio luz verde a la adaptación de Bryan Fuller para la televisión. Era de esperar que saliera de muchas formas, algunas mejores y otras peores, pero lo que nadie pensaba es que íbamos a degustar un producto de semejante proporción. 

Existen dos puntos de partida con Hannibal que podían dar señales positivas en su arranque: La diferenciación con las películas previas y el reparto. Mads Mikkelsen nos había demostrado ya en Casino Royale que era totalmente capaz de crear un ambiente oscuro como el que más, pero aquí eleva el nivel por encima de lo que nadie podía imaginar. Eso sumado a un Hugh Dancy enfrentándose airoso a un papel ciertamente complicado, surge un espectáculo interpretativo macabramente atractivo. Pero no son más que eso, puntos de partida. Porque lo que nos iban proponiendo episodio a episodio era un desarrollo perfectamente medido, sin prisas y purificando al detalle cada situación. 
(Mal)Acostumbrados a lo rápido e intenso, aquí podemos ver como el nudo argumental no lo es todo. La exquisitez del protagonista se plasma plano a plano, donde con una combinación de la banda sonora y un montaje simbólico se recrea un ambiente tan brutal como obsesivo. Los disparos no lo son todo. Pero cuando el crescendo llega a su clímax, la adrenalina que nos hacen segregar no es poca. 

La primera temporada fue la toma de contacto, o te gusta o tu serie es CSI. Con la segunda nos van preparando para un desenlace que todos queremos ver; aumentando los puntos fuertes que ya habíamos visto hacía un año. Así pues llegó su tercera y última tanda, dividiéndose en dos partes bien diferenciadas.
Durante los siete primeros capítulos vemos la continuación semi-inmediata de la season finale de 2014. Prima la belleza visual de Florencia, intercalada con momentos que encogen el corazón de todos los fans ("tripas fuera o tripas dentro"). Sin duda un metraje mucho más lento y psicológico que lo que nos tenían preparado para su transcurso final. 
En el octavo episodio llega el monstruo con el que Thomas Harris inició su saga literaria. Tercera película con Hopkins (y peor) a la que no tienen miedo de mirar a los ojos y humillar por momentos. El dragón rojo despliega las alas para concluir una serie que desde luego debería codearse con las más grandes. Tensión constante, escenas rodadas con magia y estilo propio y un final tan emotivo como necesario.

Una serie para cadena privada en una pública. Demasiado grande como para prevalecer, pero podemos dar gracias a su equipo por habérnosla regalado tal y como tenía que ser y no aquello que los genios de los billetes tenían pensado. Porque sabemos que sin audiencia no se va a ningún lado, pero que no nos vendan la "televisión de calidad" cuando no lo es. 
De haber tenido su vida prevista podríamos haber disfrutado de hasta seis temporadas. Descartados los rescates, tengo que decir que ha sido un plato con el que he disfrutado tanto como las más "gourmet". 

Este era su diseño. Hasta siempre Hannibal.

Borja Tamayo Martínez
"Dos hombres y medio" se despide (por fin)


Si el año pasado fue How I met your mother esta vez es el turno de otra de las sitcom que nos ha acompañado a lo largo de mucho tiempo, Dos hombres y medio. De sobra es conocida la salida del problemático (y divertido) Charlie Sheen cuando durante el rodaje de la octava temporada culminó sus polémicos actos con un puñetazo a su productor, Chuck Lorre. Pronto se anunció su sustitución por Ashton Kutcher para alargarla cuatro temporadas más. El hijo, Agust T. Jones, también abandonó la serie tras declaraciones en la que la ponía verde, dejando así a Jon Cryer como único actor original.

Desde la llegada de Walden se puede apreciar el descenso inmediato de la calidad de la serie, nada era igual y muchos fans abandonaron la misma propiciando un declive de audiencia que ha provocado su (agradecida) cancelación. Con el transcurso de los episodios se fueron incorporando caras nuevas que si bien no alcanzaba el nivel original, el buen rato semanal estaba garantizado. Porque sentarse en el sofá y ver 20 minutos que no requieren ningún esfuerzo mental no es muy complicado.

Este último capítulo ha servido más bien de sátira que de conclusión, pero bueno, les ha salido bien. Las tramas se quedan cojas en cuanto a tener un final cerrado, pero pierde importancia en cuanto a las carcajadas que iba soltando constantemente. Mucho se había hablado de la reincorporación de Charlie para despedir la serie, de hecho desde el primer minuto te muestran que no había muerto asesinado por su acosadora, sino que esta lo tenía encerrado en el pozo de su sótano como si de El silencio de los corderos se tratase. Los dos protagonistas pronto empiezan a recibir amenazas de muerte, comenzando una odisea en la que pasarán por los personajes más relevantes de las antiguas y nuevas temporadas, hasta culminar en un final que ni yo podia creerme. Lorre se sacó de la manga un hachazo final para provocar el aplauso de todos los que vimos este hilarante final.
Dignos de mención son los cameos que nos regalan. Desde los que ya parecía que no íbamos a volver a ver en la playa de Malibú hasta estrellas como Schwarzenegger o Christian Slater. Porque las apariciones de actores importantes siempre y ha sido un recurso desde los primeros episodios a la hora de despedirse no iba a ser distinto.

La mayor virtud de este final es la capacidad de reírse de sí mismo. Desde sus bromas absurdas sin ningún tipo de calidad que buscan el chiste fácil o el estiramiento innecesario durante estos últimos cuatro años. Es una constante auto-crítica bien llevada que consiguió darle una buena salida a una serie que llevaba en parrilla nada menos que doce años. 
Borja Tamayo Martínez