El padre de obras maestras como “A las 7:35 de la mañana” y “Los Cronocrímenes”, vuelve a demostrar que aún no lo hemos visto todo en la gran pantalla. Gracias a su particular elenco, las expectativas que ya de por sí crea Vigalondo y un planteamiento al más puro estilo Hitchcock, “Open Windows” se postulaba como uno de esos productos a tener en cuenta este verano.
Nick, un joven que administra una web sobre una actriz de cine, gana una cena con ella gracias a un concurso online. Mientras está en el hotel esperando a que llegue ese ansiado momento, un tal Chord le comunica que la actriz ha cancelado su cita. Para “compensarle”, le dará acceso a cualquier ámbito de su vida privada, creyéndose protagonista de un juego en el que es un simple títere.
Vigalondo nos presenta “La ventana indiscreta” cambiando el telescopio por un ordenador y unas habilidades de hacking surrealistas. Elijah Wood interpreta a un chico sin carácter que se ve coaccionado por un psicópata cuyo nombre ni si quiera conoce (al más puro estilo “Gran Piano”, pero bien dirigido). En su sitio, correcto, sin alardes. Las tablas que le sobran a él por una parte, le faltan a la inexperta Sasha Grey por otra. Sus lágrimas transmitían más cuando las provocaba una polla de proporciones descomunales en su garganta. Tiempo al tiempo, señorita Grey. El papel de “secuestrador cibernético” no podría llevarlo a cabo otro que no fuese Neil Maskell. Como pez en el agua interpretando a personajes despreciables. Algo que ya vimos, entre muchas otras, en “Utopía”.
Vigalondo no puede evitar volver a sus raíces y recurrir a la sátira en determinados momentos con sus otros personajes. No creo que fuese el único que no pudo evitar soltar una carcajada al ver a Raúl Cimas y Carlos Areces haciendo de zombis psicológicos. Los hackers franceses no son una excepción. Si bien según avanza el largometraje sus apariciones van ganando peso y seriedad, al principio del film representan a la perfección el papel del “wannabe” chapuzas capaz de dar un soplo aire fresco al filme cuando más lo necesita.
Bien es verdad que podríamos contar en millares los detractores de esta última producción de Vigalondo, no obstante he de admitir que, ya sea por su aire gamberro presente desde el primer minuto de la película, por la atmósfera “cutre” que Vigalondo consigue crear o por la original forma en la que ha sido rodada (podría afirmar, sin miedo a equivocarme, que el 50% de la película es tan solo la pantalla de un ordenador), me hizo salir con una sonrisa de oreja a oreja del cine. Sí, quizás no sea una película redonda. Sí, también es posible que la complejidad de la trama lleve a Vigalondo a recurrir a algunas trampas de guión descomunales en su desenlace. Pero sí, también es verdad que si solo nos divirtiese la perfección, no amaríamos tanto el cine.
Manuel Azaña González
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