Parecía que Luc Besson nos iba a deleitar con una especie de "nueva Nikita", parecía que abandonaba las producciones infantiles pastosas para volver a hacer cine de acción de calidad, parecía que Scarlett Johansson no era sólo un escaparate para la taquilla. Solo lo parecía. No nos engañemos, Besson lleva sin hacer una película decente desde El quinto elemento (1997). Los 90 fueron su época dorada y los 2000 su declive.
Lucy comienza de una manera portentosa golpeándonos a sacudidas de un montaje nada propio del cine comercial. En su inicio la comparativa es clara y directa, Lucy es un animal más en una fauna de depredadores llamada civilización. Esta intro que se desarrolla en Taiwán nos trasmite un miedo veraz con un Mink-sik Choi (el malo en cuestión) y con una Scarlett Johansson más que correctos. Salvando el punto de partida que prometía una buena cinta de acción y una posterior transformación de presa a depredador, la obra de Besson huye de la venganza como tema fílmico (algo que seguramente hubiera funcionado mejor) y se embarca como un velero en plena tormenta hacia la ciencia-ficción. Lucy será apresada y usada como mula para pasar un nuevo tipo de droga hacia Europa, una droga que se trasmitirá por todo su cuerpo hasta liberar el potencial de su cerebro.
No es que moleste la falacia del 10% del potencial humano. Lo que realmente incordia es en el lío en el que se mete el francés a nivel de guion al tomarse en serio esa falsa premisa. Si lo conviertes en una película de acción fantástica es algo aceptable y de muy buen ver palomitero, pero si introduces al personaje cultureta de película (Morgan Freeman) y lo pones a hablar de filosofía y evolución, transformas una típica aunque buena premisa en un naufragio narrativo. Así pues, al huir de la venganza, Besson se refugia en lo políticamente correcto y falla con un final pedante y moralista. Técnicamente solvente y con un buen montaje ni Scarlett Johansson evita que nos ahoguemos en un guión que es como un coladero, aunque viertas gran cantidad de agua al final sólo nos quedan los residuos. El público va al cine a entretenerse y a identificarse con sus personajes, no a escuchar lecciones moralistas. Pruebe mejor el año que viene señor Besson.
Francisco Carrasco Orrico
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