Corría el año 1991, Jurassic Park llegaba a la cartelera y revolucionaba el concepto de blockbuster recaudando más de 900.000.000$. Una auténtica pasada visual que se grabó en la memoria de millones de espectadores para perdurar, como pocas películas, a lo largo del tiempo. Tras una infravalorada secuela, llegó en 2001 la tercera parte. Joe Johnston se ponía a cargo de la dirección para destrozar la esperanza del público. Tanto es así que han tenido que pasar 14 años para que Universal Pictures volviera a encender la mecha, rescatando la franquicia para llamar a las nuevas generaciones.
Así pues las expectativas no eran pocas. Acostumbrados a ver cintas llenas de efectos especiales que solo buscan el dinero fácil, Jurassic World se preveía como una más de ellas, y el resultado la verdad es que no se ha ido mucho.
El argumento era peligroso: Un dinosaurio inteligente al que combaten con nuestros añorados velociraptores. Tenía muchas papeletas para ser una tontería enorme, pero la verdad es que han sabido jugar sus cartas. El Indominus rex convence desde el minuto 1. Se juega perfectamente con los fuera de campo, creando una tensión que si bien no alcanza al vaso de agua de la original, provocará que la sala apriete las manos en su butaca. Sin abusar de él y sin elementos ridículos (como el teléfono en el estómago del Spinosaurius de Johnston) consiguen recrear un ambiente propio del mismo Spielberg.
Por otro lado los guiños a la primera parte son tan constantes como agradecidos. La añoranza de lo que fue en su día nuestra primera toma de contacto con la saga está desde el minuto 1. Con algunos más evidentes y otros menos, el niño que llevamos dentro empieza a agitarse. Porque escuchar el tema de John Williams (metamorfoseado por un gran Michael Giacchino) a la par que se nos muestra el parque temático que todos, a simple vista, querríamos visitar, provoca una inevitable sonrisa y los consecuentes pelos de gallina.
Sin embargo los personajes y su relación no están ni de cerca a la altura. No hacen otra cosa que contaminar la cinta hasta puntos insospechados. Llantos gratuitos, situaciones dramáticas de repente, gags humorísticos sin sentido ni gracia, miradas penetrantes... Todo un conjunto de clichés que aburren hasta al más lacrimógeno. Los actores que interpretan a los niños (en especial al pequeño) no llegan ni a la suela de la hija de Goldblum en The lost World, y eso ya es decir. Mientras que los dos protagonistas no tienen ninguna personalidad, sino que más bien parecen copias baratas de cientos de papeles estereotipados a lo largo de la historia del cine. Ya luego los secundarios para qué contar, absurdos, llanos y sin provocar ninguna clase de empatía en el espectador. Desde luego el punto más flojo del largometraje. Eso y el hecho de ver más emplazamiento del producto que en World War Z (¿entonces el coche seguro que es un Mercedes?)
Tal vez tarde un poco en arrancar (debido a que en la primera parte tienen protagonismo las personas) pero una vez lo hace no para. Secuencias de acción con unos efectos especiales brutales que iluminarían la cara del mismísimo John Hammond. El clímax de la película sobrepasa lo esperado y juega a la perfección con lo que tiene.
Es por lo tanto una secuela a la altura de lo demandado, pero sigue sin rozar la sombra de la original. Porque siendo sinceros los fallos de guion están presentes, no obstante es un divertimiento para toda la familia que provocará más de una pesadilla entre los pequeños. Lástima que los humanos tengan que hablar en la película.
Borja Tamayo Martínez
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