Linklater ya dejó claro su solvencia para retratar las etapas de una relación y el paso del tiempo con su trilogía "Before" (Antes del amanecer, anochecer y atardecer), en la que veíamos las distintas fases por las que pasaba la relación entre Ethan Hawke y Julie Delpy. Si bien Boyhood no se centra tanto en las relaciones interpersonales no familiares hasta prácticamente el último tramo del filme, sí muestra de esa forma tan característica el paso de la vida, el cómo marcan los sucesos importantes el desarrollo personal y la influencia que tienen en una persona los lazos familiares.
Tras 12 años de rodaje (aunque solo 39 días en total), llegan los resultados de un producción supeditada a los distintos cambios por los que pasa la sociedad real, teniendo que adaptarlos a la que muestra en la gran pantalla. Boyhood nos cuenta la historia de Mason, desde los 6 años hasta los 18, 12 años de una vida llena de cambios de todo tipo. Todo esto está muy bien, pero, ¿hasta qué punto es necesario este paso del tiempo y hasta dónde es mero sensacionalismo? Está claro que esto dotará de más realismo a la historia, pero, ¿es justificado y estrictamente necesario?
Quizás el problema de Boyhood sea prestar demasiada atención a determinados momentos banales de una vida y demasiada poca a lo importante. ¿165 minutos de película totalmente indispensables? Quizás sí, pero pobremente aprovechados. El tiempo interno de la historia se detiene en aquellos momentos más representativos de la vida de nuestro protagonista, pero son esos momentos en los que se venera el "american dream" en detrimento de la historia del pequeño Mason los que revelan a Boyhood como una película que se autopostula a los premios Oscar, una buena película, eso es indiscutible, pero que se deja llevar por la tentación de lo comercial, una película que te vende que esperará 12 años de ser necesario para contar aquello que es imprescindible de manera realista, pero que se detiene en nimiedades emotivas como aquel "usted cambió mi vida", de ese chapuzas latinoamericano que arreglaba las tuberías de la madre de Mason al principio de la película. Justo en el momento en que nuestro protagonista empieza a pensar por sí mismo (algo que de paso debería hacer toda nuestra sociedad), Linklater decide detenerse en esa gilipollez. Que sí, que está claro, ¿qué es Boyhood si no una carrera en la que el sueño americano es la meta? No obstante, eso no le da vía libre para caer en la búsqueda de la sonrisa cómplice fácil del espectador. Si no hay tiempo para mostrar cómo termina la relación de su madre con el joven militar con tendencia al alcoholismo, tampoco debería haberla para esto.
Está claro que Boyhood es una gran película y que Linklater controla como nadie el paso del tiempo. La dirección es de manual, así como el guión, brillante de principio a fin. A su vez, la evolución de Mason es sobresaliente, así como las interpretaciones de Ellar Coltrane, Patricia Arquette y Ethan Hawke (la hija de Linklater, que interpreta a la hermana de Mason, se pasa de repelente en todos y cada uno de los tramos de la película) y su banda sonora llevará al espectador al borde del orgasmo en más de una ocasión. Todo esto está muy bien sobre el papel, pero la sombra de lo comercial impide ver el conjunto con claridad. El sensacionalismo supera en peso a la trama, una trama que podría haber sido una de las mayores revoluciones para el cine tal y como lo conocemos, pero que se queda, simplemente, en una firme candidata a la estatuilla.
Manuel Azaña González
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