Dos días, una noche nos cuenta la historia de Sandra, una joven trabajadora que acaba de salir de una grave enfermedad. Cuando se encuentra en condiciones de volver al trabajo, se encuentra con que su jefe ha hecho que sus antiguos compañeros tengan que decidir entre recibir una prima de 1.000 euros o que Sandra se quede, una cosa o la otra. La crisis y la competencia asiática le impiden poder tener ambas. Tiene un fin de semana para lograr convencer a sus compañeros, con la ayuda de su marido Manu, de que renuncien a su prima para que ella conserve su trabajo.
Lo que hace grande a Dos días, una noche es su manera de retratar el ahogo de una mujer que ve cómo, tras superar lo que hasta la fecha habían sido los momentos más duros de su vida, pierde su trabajo y es rechazada por los que habían sido sus compañeros durante muchos años. Por si todo esto fuera poco, el sueldo de su marido no es suficiente para mantener a flote a su familia. Tener que transmitir todo esto es lo que hace que interpretar a Sandra sea lo más grande que Marion Cotillard ha hecho hasta la fecha (con mucha diferencia). Porque sientes su dolor, llevando al límite su inestabilidad y sus inseguridades, haciendo que el espectador sienta la misma vergüenza que ella siente al pedir a sus antiguos compañeros que rechacen esos mil euros a fin de que ella pueda conseguir mantener su trabajo y a su familia por consiguiente, porque ella es la película, simple y llanamente, llevándote a que no solo seas capaz de ponerte en su situación para sufrirla con ella, sino que puedas incluso verte en la de su marido, su impotencia al intentar sacar a flote a una mujer cuyas fuerzas flaquean, pero a la que no ha dejado de querer.
Dos días, una noche nos muestra que la simple sombra del dinero puede convertir a una persona en un animal. Que hay quién puede llegar a considerar más importante un pequeño muro de ladrillos meramente estético para su patio, que el que otra persona tenga dinero suficiente para alimentar a sus hijos, por poner un ejemplo. Realismo absoluto sin adornos, sin detenerse en hacer más estético un diálogo o hacer más digerible para el espectador una determinada secuencia, se limita a mostrar lo cruda que es la vida o las bajezas en las que puede caer el ser humano cuando se ve amenazado. Que todo es distinto según el prisma en que se mira, pero determinados prismas pueden llevar al espectador a convertirse en una bestia sin corazón.
Los hermano Dardenne, ese par de belgas que parecen incapaces de reconocer su alopecia, nos brindan Dos días, una noche, un retrato de la clase obrera que nos presenta una situación que día a día quita el sueño a muchas familias de todo el mundo. Podría decirse que al fin nos llega un retrato naturalista en condiciones de los problemas a los que se enfrenta la clase obrera actual, una representación que, sumado al hecho de que los hermanos Dardenne no hacen cine del todo convencional (por denominarlo de algún modo), puede echar para atrás a muchos espectadores a pesar de las excelentes críticas recibidas. ¿Rara? Puede ser, pero es este planteamiento lo que la hace distinta, lo que hace que sus 95 minutos pasen como un suspiro para el espectador, un suspiro inolvidable que se esfuerza en dejar marcada su huella.
Manuel Azaña González
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