Cuando pensamos en ese selecto grupo de autores que siguen en activo y ya se han ganado un puesto en el Olimpo del séptimo arte gracias a su trayectoria, es inevitable pensar en Luc Besson (El profesional (Léon)), Ridley Scott (Blade Runner) o Godard (Pierrot Le Fou). Dentro de esta élite se encuentra también Terry Gilliam, un polémico director que comenzó su camino formando parte de los Monty Python (fue uno de los crucificados en la vida de Bryan, sin ir más lejos), no en vano, su opera prima es la celebérrima Los caballeros de la mesa cuadrada y el filme que le hizo eterno fue Brazil (1985), también junto a su grupo de siempre. El problema es esa tendencia inevitable a besar allá donde pisa alguien por sus buenos pasos del pasado como si no importase en absoluto la imparable serie de mierda que hace ahora, porque... al igual que no acepté Lucy, de Besson o las bizarradas experimentales de Godard que unas veces son maravillosas y otras infumables, no aceptaré este despropósito de Gilliam.

La película nos cuenta la historia de Qohen Leth, un hombre que trabaja calculando "entidades" y que, tras pedir innumerables veces la minusvalía para trabajar desde casa, le encargan resolver el teorema zero, algo sumamente complejo que ha conseguido llevar a la locura a otros muchos antes que a él. El protagonista está interpretado por el oscarizado Christoph Waltz (Malditos bastardos, Django desencadenado), que se esfuerza en mantener a flote un largometraje visualmente alucinante, sí, pero abocado al fracaso por su vacuidad narrativa.



Gilliam la definió en una reciente entrevista como su película más pesimista, más incluso que Brazil. Si bien es cierto que ese mensaje llega de forma efectiva al final a modo de una metáfora cojonuda presentada por el siempre correcto Matt Damon, el resto del filme es un medio totalmente aleatorio que poco o nada tiene que aportar, efectista y grandilocuente con el único objetivo de plasmar su esencia visual (aún más exagerada que la presentada en Brazil), pero sin nada que decir. Interesante, sí, Gilliam no es precisamente un novato en esto y no va a dejar este tipo de cosas al azar, pero sin nada que contar al margen de las pajas mentales de este antiguo genio entrado en carnes.

Miedo y asco en Las Vegas, El imaginario del doctor Parnassus, El secreto de los hermanos Grimm... personalmente, no puedo digerir a Gilliam desde Doce monos (1995), tanto delirio efectista en el que acaba por premiarse la "gamberrada", el saltarse la estructura narrativa clásica dentro del viaje de LSD que toque ese día y poco más, porque ni de forma explícita, ni implícita, nunca hay nada que contar. Que sigan adorándole sus seguidores incondicionales, pero 20 años de bromas ya son suficientes para mí, yo me bajo del carro.



Manuel Azaña González

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