Hace tan solo un par de meses, Jean-Luc Godard estrenaba la que presumiblemente será su última película:  Adiós al lenguaje, cine experimental en 3D en el que incluso variaba lo que veías en pantalla según el ojo con el que mirases. Una conclusión final perfecta para su obra, pionera en esa nouvelle vague que redefinió el lenguaje cinematográfico y en base a la cual ha fundamentado su trabajo durante los más de 50 años que ha estado en activo. Dentro de la amplia obra de Godard hay muchos títulos destacables; Banda aparte, Al final de la escapada, Lemmy contra Alphaville... pero es Pierrot, el loco (Pierrot le fou) la celebérrima obra de culto que vamos a recomendar hoy.

En Pierrot, el loco, se nos presenta a un padre de familia cansado de su asfixiante estilo de vida (Jean-Paul Belmondo). Tras reencontrarse con Marianne (Anna Karina), a la que su mujer ha contratado como niñera, decide fugarse al sur de Francia a comenzar una nueva vida con ella. Su corto idilio se complica cuando un grupo de gángsters con los que Marianne está implicada se cruza en su camino.


Antes de enfrentarnos a una película de Godard, hemos de tener en cuenta ciertos conceptos: prácticamente la totalidad de su obra se encuentra dentro del marco de la nouvelle vague o bebe directamente de la misma, es decir, cámara en mano, salir a la calle, experimentación, alto contenido cultural... Para Godard, el lenguaje solo existe para ser destrozado, el eje, para ser saltado y la continuidad para no ser seguida. Teniendo esto claro, podemos suponer que quizás su cine no sea para todos los paladares ni para todos los momentos, pero no hay duda de que es necesario verlo y entenderlo si de verdad te gusta el séptimo arte, su historia y todo lo que le concierne.

Pierrot, el loco da comienzo mostrándonos el título, al autor y los actores, pero no directamente. Al principio solo aparecen las letras "A" en la pantalla, el resto de letras van apareciendo paulatinamente sin seguir un orden lógico hasta completar el nombre de Belmondo, el de Karina, el título y el del director. Después de eso, desaparecen los nombres para dejar solo el título en el centro de la pantalla, del que irán desapareciendo letras hasta quedar tan solo la "O" de Pierrot. Si bien esto puede parecer algo meramente estético, sin importancia, nos indica cómo va a desarrollarse el resto de la película. Sin explicaciones más allá de lo que el espectador pueda deducir de su abstracto montaje.

Todo esto puede sonar exagerado y en el caso de ser tomado al pie de la letra alguien podría pensar que su complejidad hace de ella un producto denso,  aburrido, imposible de seguir, pero no. Si por algo destaca Pierrot le fou, es por su sencillez y humildad. Su grueso es simple y fácil de seguir a pesar de sus limitadas explicaciones, la continuidad (o la falta de ella) y su controvertido montaje compuesto por cortes bruscos y planos tanto largos, como extremadamente cortos. Lo que hace de Pierrot le fou una de mis películas favoritas es todo aquello que no muestra, porque lejos del road movie al uso que parece ser, es un homenaje a la cultura, como podemos observar al comienzo de la cinta cuando Belmondo manda a su hija al cine a ver Johnny Guitar para fomentar su cultura y sus virtudes como mujer, en lugar de darle dinero para hacer otras cosas más acordes a su edad, pero que no le aportarían nada aparte de un entretenimiento vacío. Por otro lado, tenemos una crítica a la guerra y a Estados Unidos, en la parte en la que vemos a Belmondo y Karina representar su peculiar teatro para entretener a los marinos y ganar algo de dinero. Mención especial a una conclusión que más que contar, sugiere, representada mediante el rojo, el azul y el amarillo, los primeros colores que aprende a distinguir un niño, en sintonía con el resto de la película en la que estas tonalidades tienen un especial protagonismo.

Concluyendo, dado que cada película de este hombre da para escribir varios libros, decir que el cine de Godard es algo que jamás dejas de descubrir. Metalenguaje, falsos raccords, montajes abstractos hasta la saciedad... Puede ser más o menos del gusto del espectador medio, pero lo que es seguro es que sus productos siempre son distintos, ya sea en su forma o en su fondo. Capaz de redefinir el cine de detectives a la vez que el de ciencia ficción como en Alphaville, bebiendo directamente de Truffaut  y dando el pistoletazo de salido a la nouvelle vague con El final de la escapada u homenajeando al mismísimo Cocteau en su época más surrealista. Un autor con mayúsculas. Te echaremos de menos, Jean-Luc.

Manuel Azaña González

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