Tenía muchas esperanzas puestas en The Tribe. Una película que llegaba como uno de los bombazos del reciente Cannes y que había cautivado a crítica y público por igual. Parte de una de las premisas más originales de todos los tiempos: sin subtítulos, ni conversaciones "Porque el amor y el odio no necesitan traducción". Pero no, esto no era lo esperado. Sí, de puta madre, quizás el amor no necesite traducción, pero yo aquí no veo amor. Mucho menos veo la necesidad de besar allá donde pisa una película que le da diálogos de diez minutos en lenguaje de signos a personajes dentro de un mismo marco. Se ve que debo ser de los pocos que no conocen este lenguaje, pero al menos puedo considerarme de los exigentes que no se conforman con entender una historia a trazos solo por los gestos que en ella se realizan. Respecto al amor... en fin. Yo creo que más que ante amor estamos ante el retrato de una obsesión. Poco amor puede surgir de la unión de un desequilibrado y una prostituta.

El primer tramo de la película es soporífero hasta la saciedad. Si bien la inexpresiva cara de nuestro protagonista es interesante y la historia en la que comienza a verse envuelto es particular cuanto menos, como ya he mencionado antes, es difícil mantener la atención y las fuerzas ante una película que da tantos altibajos durante sus 130 minutos de duración. A pesar de todo, si bien quizás no consiga una atención desmesurada hacia el aspaviento en cuestión que hace tal o cual personaje, sí que consigue, aunque sea por mera curiosidad, que el espectador no despegue los ojos de la pantalla durante prácticamente la totalidad de su metraje. Esto es, sobre todo, gracias a sus planos secuencia, de manual y que probablemente sean grandes responsables de la desmesurada duración del largometraje, ya sea por la creación de suspense en la subida a la escalera de caracol al más puro estilo Hitchcock, o por la demostración de ingenio cambiando escenarios y espacios sirviéndose solo de eternos travellings y steadycams que a veces necesitan "viajar" algo más lejos de lo que lo necesitaría un simple cambio de plano.


A pesar de que su segunda mitad me parece una de las demostraciones de principios más bestias en todos los sentidos en lo que llevamos de año, rodada en su totalidad con una maestría que debería estudiarse en las escuelas de cine, mis principios me impiden hacer como hizo todo Cannes y medio Sitges y arrodillarme ante The Tribe. Quizás la cinta se explique y sea yo quién se niega a entenderla, no obstante, tras terminar el visionado, no puedo evitar pensar que la gran mayoría de asistentes a estos festivales están tan de vuelta de todo que se bajan los pantalones ante cualquier premisa que parezca aportar algo diferente o cuente lo que tenga que contar de una manera innovadora. Lo siento gafapastas, The Tribe está muy bien rodada y creo que todos coincidimos en que la escena del aborto y de las "venganzas" harán que cualquier persona se levante del asiento, pero todo esto no basta para arreglar una primera hora que me hizo desear no haberme levantado de la cama esa mañana.


Manuel Azaña González

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